Manifestaciones emocionales en los hombres, una mirada desde la Construcción Social


¡Los hombres no lloran! ¡Aguante, sea más machito¡ ¡Parece una mujercita llorando! ¡No sea maricón!

 


 Masculinidad | Las anteriores son algunas de las perspectivas sociales que hacen alusión a estereotipos entorno a las posiciones de masculinidad, las encontramos con frecuencia en discursos contemporáneos, derivados sin embargo, de tiempos remotos y que se imponen como señalamientos prejuiciosos frente aquellos hombres que expresan abiertamente sus emociones a la hora de vincularse afectivamente; ocurriendo algo similar en el caso de las mujeres, con otros señalamientos; estos se traducen en parámetros estándar, que apuntan a un ideal, de cómo deben ser los hombres y las mujeres, según un determinado marco cultural.

Así la vida en sociedad, resulta un proceso complejo y desgastante, en tanto genera una serie de códigos y etiquetas, en amplios sentidos y diversos ámbitos, que promueven una conciencia social estereotipada, en la cual se clasifican y distribuyen, bajo un criterio de normalidad que acoge y anormal que excluye, omitiendo la particularidad del funcionamiento estructural de la psique, en consecuencia, del comportamiento y las emociones humanas, según sea el caso.

El concepto de emoción implica tres componentes, que involucran un funcionamiento estructural dinámico, así:

“Una emoción es un estado psicológico complejo que implica: una experiencia subjetiva, una respuesta fisiológica, y una respuesta de comportamiento o expresión” (Hockenbury & Hockenbury, 2007)

Dichos posicionamientos sociales, acerca de cómo deberían pronunciarse emocionalmente hombres y mujeres, brindan una perspectiva que prescinde por completo de la experiencia subjetiva, coartando la construcción individualizada, en cuanto al sentir y la puesta en acto de ese sentir, lo que obstruye la posibilidad de una expresión fluida de sentimientos, en su lugar estos posicionamientos, empujan a la recurrencia hacia mecanismos adaptativos defensivos; así en el caso de los hombres, con frecuencia acuden a la supresión, esto para no ser tachados o que se ponga en entredicho su hombría (la cual resulta seriamente juzgada en ciertos contextos), llevando a que muchos hombres prefieran acoplarse a parámetros sociales, esto para no poner en riesgo la imagen ideal de si mismos que se ha construido, paralelo a un estilo de vida que no se desea alterar, intentado regular y controlar la verdadera emoción.

La base de estos discursos sociales ha sido constituida por un cúmulo de conceptos sesgados, atravesados de tintes machistas, en muchos casos, en donde por ejemplo, se dice que la fuerza es una facultad masculina y la emotividad forma parte de la esencia de ser mujer; en tanto, un hombre que siente y lo manifiesta además, es tomado como débil y quien es débil “no es hombre”; son estás algunas de las asociaciones que se realizan, configurando hombres que se exigen a si mismos ser “fuertes” retrayéndose de toda manifestación de sentimientos.

Es así como se dictan parámetros ideales a seguir, a la hora de vincularse con familia, amigos y en el trabajo, donde surge un posicionamiento diferenciador entre hombres y mujeres, en cuanto a cómo debería manifestarse la afectividad o el contacto físico, siendo posible dilucidarlo, en el caso de las mujeres en un abrazo efusivo entre amigas, un beso de despedida con el padre, el cual pasaría desapercibido; no así, en el caso de los hombres, a quienes en su lugar, se les ha asignado el apretón de manos, el levantamiento de una mirada, o el golpe en la espalda.

El inconveniente sucederá adelante, cuando la supresión comience a manifestarse a través de diversos síntomas que terminarán recayendo en problemas sobre la salud física y emocional, así algunas de las implicaciones con las que es más frecuente toparse en hombres:

Dificultad para vincularse afectivamente,
Inseguridad,
Depresión,
Estrés crónico.

La palabra tiene la capacidad de sanar y liberar, indistintamente del género o sexo, al facilitar el ingreso al inconsciente mediante la asociación libre, de esta manera entender los diversos significantes que rodean a la persona como tal, facilitará poner en acto la ruta adecuada hacia el deseo, parafraseando a Lacan, J:

“El inconsciente está estructurado como un lenguaje” (Seminario 11, p. 28).

Dra. Fernanda Sánchez Ch.
Psicóloga
Grupo Poiesis
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Teléfono: 2271- 5200