¿Cuándo dar por finalizado un tratamiento de pareja?

La respuesta parece elemental, evidente, indiscutible: ¡¡cuando ellos lo decidan!! ¿Sería acaso de algún beneficio ir más acá o más allá de su deseo de analizar sus conflictos?

No parece razonable iniciar un debate sobre el tema. Sin embargo… El recuerdo de algunas terminaciones inexplicables, desconcertantes o simplemente inesperadas nos introducen en una compleja red de supuestos y principios implícitos que condicionan estrechamente nuestra relación con los consultantes, la dirección de un tratamiento y, por supuesto, el modo en que se presentará el fin de ese análisis, sin tener clara conciencia de ello.

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1.- La primera experiencia desconcertante que me viene a la memoria remite a la derivación del tratamiento de pareja ¿afectan el fin de un análisis los principios y supuesto teóricos implícitos en una derivación? Carmen había abandonado, con sus hijos, la casa que compartía con su marido Rafael. Quería reflexionar acerca de su futuro matrimonial. Éste, en total desacuerdo, se preguntaba hasta cuándo duraría esa separación. Para Carmen no estaban separados sino tan sólo distanciados por un tiempo. Las sesiones se hacían pesadas, reiterativas, y en una de ellas me entero que, tal como les había sido recomendado, ella había comenzado un análisis individual.

Algo parecía impedirles abordar algunos temas dolorosos. Con cierta cautela Rafael señaló que uno de esos temas eran las relaciones sexuales: Carmen las rehusaba; había vuelto a vivir con sus padres pese a que siempre lo menospreciaron. “Una vez más -dijo Rafael-, te ponés de parte suya, en contra mía”. Carmen se remitió a lo dicho por su analista individual: no estaba en su contra, quería proteger a sus hijos de las reiteradas situaciones de inseguridad a las que él los exponía. Les dije, animado, que estaban comenzando a hablar de sus conflictos. Durante la semana recibí con estupor un llamado de Carmen: había decidido, contra la opinión de Rafael, dar por finalizado el tratamiento y continuar sólo con su análisis individual.

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Como en todo matrimonio ella se hallaba tironeada por dos lazos afectivos: sus padres y su esposo. En este caso parecía imposible allanar las tensiones que, entre la familia de origen de Carmen y Rafael, se habían instalado desde el inicio de su relación. ¿Podríamos pensar que, sin saberlo, la indicación de tratamientos simultáneos había recreado las condiciones para reproducir esas tensiones en el ámbito de la sesión, colocando a Carmen, una vez más, entre dos lealtades: su análisis individual y el tratamiento de pareja? ¿Podía esta indicación imponer sus coerciones a la definición del lugar que ocupara el analista y al modo en que se presentó el final de ese análisis? Un sólido principio teórico indica que cuando el campo analítico incorpora una pareja, una serie de reglas y pautas de comportamiento propias, elaboradas trabajosamente a partir de circunstancias compartidas, introducirán una perturbación que el analista difícilmente podrá predecir.

2.- En un segundo caso, esta perturbación condujo a un fin de análisis aún más apresurado. Se trataba de la primera entrevista de una pareja que convivía sólo durante la semana: ella soltera, él separado; compartían el fin de semana con los tres hijos de éste. Consultaban por las dificultades que Luisa tenía con ellos. Bien pronto noté que se detenían reiteradamente en quejas de ella con respecto al modo en que Jorge trataba a sus hijos sometiéndose a las decisiones de su ex-esposa.

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Éste minimizando el problema, parecía imperturbable. Pronto esta imperturbabilidad comenzó a dejar paso al fastidio y el clima se hizo por momentos exaltado. Tratando de retornar al tema inicial, dije que hasta ahora no hablaban de las dificultades de Luisa con los hijos de Jorge sino de algunos conflictos propios. Sorpresivamente y sin razón aparente, ella comenzó a llorar cada vez con mayor congoja pese a los reiterados intentos de Jorge que, con progresiva aflicción, intentaba consolarla. Se lo veía cada vez más desesperado, oscilando entre un profundo abatimiento y una gradual exasperación. Yo estaba perplejo frente a este cuadro en que el temor, la compasión y la violencia ponían en escena una pareja desconcertante.

Frente a mi silencio, Jorge, con gran disgusto, dijo que no creía que yo pudiera comprender lo que les pasaba, que iba a interrumpir la sesión para consultar a un profesional más idóneo y con mayor experiencia. Quedé sorprendido y asustado por el grado de hostilidad expresado (Jorge era abogado), al mismo tiempo indignado por un rechazo que consideraba injusto y compungido por lo que, sin querer, había provocado.

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Al finalizar el día de trabajo, resentido aún por el mal trato recibido, recordé algunos comentarios de Luisa que había yo pasado por alto. Se referían al malestar que le provocaba la violencia con que Jorge trataba a los chicos, la mutua hostilidad que ella observaba en la relación con su ex-mujer y el temor que esa violencia signara también sus propias relaciones. Jorge restó toda importancia al tema: era el modo apropiado de educar a sus hijos y de poner límites a la agresividad de su ex-esposa.

En el intento de detener la intromisión de la violencia en el ámbito de la sesión había puesto yo en evidencia, sin advertirlo y apresuradamente, una de las reglas y pautas de comportamiento que amparaban su relación: la separación del fin de semana motivada por la difícil relación con los chicos. Aquélla permitía eludir el tema que los angustiaba: una relación sustentada en el temor, el abatimiento y la compunción por la presencia de una violencia descontrolada que amenazaba su vida como pareja. En otro momento del tratamiento esta escena hubiera tal vez permitido desplegar el verdadero motivo que los condujera a solicitar tratamiento. Surgida prematuramente, ante nuestra incapacidad para tolerarla y comprenderla, sólo pudo conducir a un abrupto final.

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3.- Otro recuerdo trajo a mi memoria un fin de análisis que comprometía, esta vez, supuestos y principios relativos al objetivo de un tratamiento cuando el cambio es asimilado a un modo de curación.

En este caso, una imperiosa necesidad de cambio era fuertemente alentada por las reiteradas quejas que cada uno de ellos expresaba con respecto a la conducta del otro. Ella podía comenzar haciendo la lista de lo que él debía hacer y no hacía o tenía que evitar y no cumplía; él respondía sacando a su vez su propia lista a lo que ella respondía agregando nuevas quejas a las anteriores. Un supuesto de larga y firme tradición ponía en juego un principio irrebatible: el objetivo del tratamiento imponía la modificación de sus relaciones mediante cambios en sus comportamientos individuales. Pero era inútil en este caso intentar detener este circuito, las listas eran demasiado abrumadoras y sólo lograban acentuar mi malestar ante la incapacidad de resolver sus padecimientos.

Es necesario estar en condiciones de escuchar objetivamente el relato de esos padecimientos para imponer las modificaciones correspondientes. No somos los únicos, también un médico debe hacerlo. Comienza por recorrer la anatomía y la fisiología implicada, recordar las patologías a ellos asociadas y realizar un diagnóstico a fin de decidir el tratamiento adecuado. El relato en este caso remite a una situación cuya objetividad los textos correspondientes pueden constatar.

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También un psiquiatra escucha el relato de un padecimiento, pero la objetividad de ese relato resulta, en este caso, cuestionable. Será producto de algún trastorno en la relación con la realidad (delirios, alucinaciones o comportamientos no adaptados a ella).

La objetividad no se encuentra aquí en los textos sino en el profesional cuya habilidad consiste en ubicar al consultante en algún capítulo de la psicopatología y de allí a la psicofarmacología correspondiente. Ahora bien ¿es el psicoanálisis un capítulo de la medicina?, ¿es un modo particular de ejercer la psiquiatría?, ¿se trata de evaluar la objetividad de los reclamos a fin de encarar la pertinente modificación en sus conductas?, ¿es este cambio el criterio de “curación” que decide el fin del análisis?

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También esta propuesta de cambio en sus conductas obliga a algunas reflexiones. Tanto desde el punto de vista biológico como social, las modificaciones que se introducen en un sistema lo alteran de manera no siempre previsible poniendo en riesgo la subsistencia del sistema y su grado de adaptación al medio. En el caso que nos ocupa, mi malestar expresaba la paradoja de un alto grado de padecimientos asociada a la profunda inestabilidad de su relación, siempre al borde de la ruptura. De este modo la imperiosa necesidad del cambio era, a la vez, un riesgoso objetivo.

Se trataba en realidad de lograr que cada uno de ellos fuera capaz de enfrentar otro padecimiento: el de poder reflexionar acerca de la escena que acababan de desplegar en mi presencia.

La terminación de un análisis, en estos casos y en mi experiencia, será el resultado de la ecuación que articule ambos sentimientos: la inestabilidad del análisis que hace de su interrupción un alivio al padecimiento y la capacidad para soportarlo y continuar para analizar sus razones. Hechos ambos que se oponen justamente a aquel supuesto de larga y firme tradición que pone en juego el principio irrebatible del cambio como objetivo del tratamiento y criterio de un fin de análisis.

Estos tres ejemplos, relacionados con la terminación de un análisis de parejas, nos han introducido, al meditar acerca de ellos, en una compleja red de supuestos y principios implícitos que acompañan y condicionan nuestra forma de instalarnos ante un motivo de consulta. Ellos determinan estrechamente, sin tener clara conciencia de ello, nuestra relación con los consultantes, la dirección de un tratamiento y, por supuesto, el modo en que se presentará el fin de ese análisis.

Juan Carlos Nocetti, Psicoanalista

Fuente Parafraseada

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Fuente de Interés:

La terapia de pareja desde la perspectiva cognitivo conductual

Terapia de pareja: una perspectiva cognitiva-sistémica